Evitación de los eventos internos

16 de Julio de 2015

Los pensamientos son fenómenos mentales muy complejos que pueden clasificarse en diversos tipos: imágenes o frases, recuerdos o planes, preocupaciones, deseos, juicios, reglas, …

Cada pensamiento tiene además una serie de asociaciones con otros conceptos, con emociones, sensaciones e impulsos para la acción. Si yo pienso en un coche puedo pensar en un coche en concreto, pero la red de asociaciones de ese concepto está influida por todas los coches que he visto a lo largo de mi vida. Es decir, mi valoración sobre los coches se basa en mi experiencia previa con los coches que he ido encontrando en mis experiencias. Esto puede parecer banal, pero si profundizamos en lo que estamos hablando la cosa cambia.

Imaginemos una persona que ha viajado mucho en coche, en distintos coches, y a la cual nunca le ha pasado nada viajando en ellos. Tendrá un coche, irá en él a trabajar, etc.

Ahora imaginemos otra persona, una que, de joven, aprendió por boca de su madre que los coches eran muy peligrosos. Nunca se llegó a fiar mucho de estos vehículos pero montaba en ellos. Tenía coche y aunque iba con cuidado nunca sintió malestar por montar en ellos. Un mal día unos amigos suyos tienen un accidente mortal en coche. La persona al oír la noticia se estremece y siente una gran pena y rabia. Al día siguiente cuando va a coger el coche para ir a trabajar, sin saber porque, le entra un miedo intenso. En su cabeza imágenes sobre accidentes de coche le despiertan emociones intensas, como el miedo, y las sensaciones de angustia y opresión en el pecho casi no le dejan respirar. El impulso que sigue a estos eventos es el de no coger el coche. Y no lo hace. Ese día toma la decisión de no ir al trabajo y se relaja automáticamente al saber que no tendrá que coger el coche. La red asociada al concepto “coche” a cambiado para esta persona, es decir, las funciones del estímulo han cambiado (ahora coche es igual a peligroso) y estas se sobreponen a las funciones contextuales e históricas (a él nunca le ha pasado nada en dicho vehículo). Ahora el concepto está asociado a pensamientos de muerte y peligro, a recuerdos de sus amigos fallecidos, a emociones como el miedo o la incertidumbre, a sensaciones como el malestar torácico y al impulso de no montar en coche.

Todos estos eventos internos son tan aversivos, provocan tanto sufrimiento a la persona, que esta, para evitarlos, deja de usar su vehículo para ir a trabajar. Aquí hay que tener en cuenta que la persona con su conducta no está evitando sufrir un accidente. Si así fuera tomaría mayores medidas de precaución como disminuir la velocidad, estar más atento, etc. Sin embargo la persona deja de coger el coche. A sí misma se dice que ya no puede cogerlo, que es muy peligroso, que no quiere morir como sus amigos… Se da razones que justifican su conducta. Pero debajo de estas justificaciones se esconden pensamientos, emociones y sensaciones que la persona no quiere aceptar, con los que no quiere vivir. La evitación de estos eventos internos le lleva a no coger el coche, a no ir al trabajo, a no visitar a sus amigos, etc. Dejando de hacer las cosas que verdaderamente le importan en la vida.

Este es un ejemplo del conocido condicionamiento vicario o condicionamiento verbal relacional (a través del lenguaje, de la noticia del accidente de sus amigos, se han modificado las funciones del coche, pasando a ser aversivas) . Se trata de un cambio en la forma de pensar, de sentir y de hacer en la persona. Un cambio que provoca emociones tan negativas que le llevan a evitarlas. Y la mejor manera de hacerlo es no coger el coche.

En este punto cabe plantearnos como puede la persona superar su miedo a montar en coche. Parece claro cual es la conclusión. El miedo a tirarnos a la piscina sólo se soluciona metiéndonos en ella, buscando ese miedo y zambulléndonos en él. Lo podemos hacer poco a poco, bajando por los escalones, o de golpe, tirándonos por el trampolín. Eso da igual. Lo importante es entrar en contacto con esos pensamientos de preocupación o miedo, con esa ansiedad y con esas sensaciones corporales que nos limitan. Y entrar en contacto es una parte de la aceptación. La aceptación implica vivir lo que acontezca tal cual es, dejar un hueco para nuestros pensamientos y emociones, en lugar de querer evitarlos a toda costa como hacía la persona de nuestro ejemplo con el tema de montar en coche.

Evitamos nuestros pensamientos, emociones y sensaciones porque sufrimos, pero detrás de cada sufrimiento de nuestra vida hay un valor, algo que nos importa. Y al evitar el sufrimiento también nos alejamos de aquello por lo que merece la pena vivir. En el caso del ejemplo expuesto, la persona al no querer montar en el coche acabó dejando de ir a trabajar, de ver a sus amigos y familiares, etc.

En nuestra vida diaria la evitación del sufrimiento y el malestar puede tener múltiples caras, y todas ellas nos alejan de nuestras metas y deseos: dejar de estudiar porque me aburro y tengo pensamientos de que nunca aprobaré la carrera, no ir a una reunión social porque temo que me consideren torpe o inferior y me siento tan angustiado que no puedo casi respirar, no pedir un ascenso a mi jefe por miedo a que me despidan, etc. Los ejemplos de evitación son múltiples, así como de las metas que dejamos de lograr con este tipo de conducta.

Persigue tus deseos, dirige tu vida hacia tus metas. Trata a tus pensamientos, emociones y sensaciones como pasajeros del autobús que es tu vida. Pasajeros que se pueden quejar, molestarte, intentar convencerte con amenazas para que cambies la dirección por otra en la que se sufra menos. Escúchales pero no dejes que cambien la dirección de tu autobús, no dejes de vivir por evitar sufrir. Y recuerda que después de una fuerte tormenta, las nubes al final pasan, y siempre vuelve a brillar el sol.

Samuel Gómez Jiménez | Psicologo sanitario en Madrid

samuel@psicologiamentae.com

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